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ANDRES ELOY BLANCO




Hola, para los seguidores de la poesia venezolana. navegando en internet me encontre con esta biografía de tan ilustre poeta.
Mi primera intención fue realizar un ensayo sobre este personaje, pero ante este magnifico trabajo, no me queda más que publicarlo sin cambiar ni una coma. Aqui la tienen...

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Andrés Eloy Blanco. El Poeta
En el fino y elegante prólogo que don Fernando Paz Castillo, altísimo poeta y maestro eximio de la cultura venezolana escribiera como introducción a las Poesías Completas de Andrés Eloy, publicadas por el Congreso de Retrato Andrés Eloy Blanco la República aquel nos dice al final del mismo: “Las escuelas literarias pasan.
El tiempo borra las clasificaciones y las fronteras, pero de toda revolución o modalidad queda un clasicismo. A cierta altura lo mismo es el poema de un romántico que el de un clásico… No hay exageración que no borre el tiempo. Sin embargo, cada autor tiene para sus contemporáneas características inconfundibles. Negárselas sería disminuirlo. Para nosotros, a pesar de los versos de varias tendencias publicados después de Poda, en mi concepto su mejor libro, y de los poemas de factura clásica, de maestría impecable, de Giraluna, Andrés Eloy será siempre un modernista, epígono, como él dice, o renovador, como pienso yo, dentro del modernismo”.
Estas expresiones nos parecen muy acertadas, pues contienen una verdad esencial en el enjuiciamiento sobre el carácter y la poesía de Andrés Eloy Blanco. En efecto, nacido al amparo del modernismo, con su vistosa ornamentación y su refinaba técnica, para moldear y combinar las palabras en un vibrante juego de luces, colores y frescas musicalidades internas, Andrés Eloy, pese a ciertas fugas y distorsiones que lo apartaron por un momento de su originaria expresión modernista, en una u otra forma, se mantuvo dentro de esta órbita.
Pensamos que su temperamento fue factor decisivo en esa inclinación suya hacia la corriente modernista que, como es ya bien sabido, llegó a la América Latina, pasando luego a España, a través de un creador excepcional: Rubén Darío. Huellas de este sumo artífice del verso, y no pocas, hallamos en el primer poemario de Andrés Eloy, Tierras que me oyeron, y también en Poda, aparecido en 1934, aunque los poemas que forman este libro fueron escritos entre 1922 y 1928.
El modernismo brindaba a Andrés Eloy un opulento y vastísimo campo para expresar toda suerte de impulsos emotivos y musicales interiores, que debían manifestarse por medio de formas amplias, elegantes y sonoras, de figuras metafóricas audaces y novedosas, afines y gratas a su prolifero numen y a su inagotable sensibilidad. Esto no habría podido realizarlo nunca dentro del exiguo marco del romanticismo, con su monótono lagrimeo y su rígida estrechez formal. El verso de Andrés Eloy exigía un ropaje rutilante y multiforme y una múltiple escala de sonidos y combinaciones para dar cabida al violento empuje de una inspiración cada vez más impetuosa.
La poesía de habla española, hasta el momento en que apareció Rubén Darío, se hallaba sumida en una anquilosis poco menos que total. Había que renovarla. Y esta renovación exigía, en primer término, un cambio de las formas y las estructuras métricas. Fue eso lo que hizo el gran maestro nicaragüense, incorporando al mismo tiempo a sus creaciones toda suerte de motivos exóticos, inspirados especialmente en el mundo de París, con su Barrio Latino, sus frondas versallescas, sus tabernas y su cúmulo de preciosidades de todo tipo. Y luego en el riquísimo y fastuoso universo alegórico de la Grecia antigua. Llevado de su admiración por esas estampas, totalmente extrañas a nuestro mundo americano, Rubén Darío llenó su encantadora poesía de faunos, náyades, silvanos, centauros cisnes, pelucas de la época de Luis XV, clavicordios y zampoñas, y de un cortejo de figuras aristocráticas surgiendo de un mundo espectral y que, pese al vano soplo renovante que les insuflaba su ilustre animador, no pasaron de ser una vulgar cáfila de maniquíes empolvados.
En sus comienzos, Andrés Eloy Blanco, al igual que los demás poetas jóvenes de su época, no fue sordo a esa flauta de pan que resonaban la floresta ideal de Rubén Darío. Y también lo cautivaron algunas de esas figuras que éste puso a desfilar en sus fantásticos salones del Siglo XVIII. Pero tal hechizo duró muy poco. Para un hombre como él, de tan recia fibra venezolana, el modernismo debía apuntar hacia otros horizontes y nutrirse de otras realidades. Los cromos helénicos de Rubén Darío y el resto de sus cloróticas y decadentes visiones no podían aclimatarse en un profuso paisaje de sol, enormes llanuras, montañas agrestes, ríos grandiosos y salvajes y horrendas selvas primitivas, como era el mundo americano. Y de fondo una sociedad humana que aún no había roto las pesadas ataduras feudales y donde imperaban las peores formas de explotación humana.
Andrés Eloy Blanco quería su propia voz, como él mismo lo dijera en el prólogo a su libro Poda. Y para encontrarla debía ir a la más segura y pródiga fuente de inspiración: el pueblo, el paisaje de Venezuela y América. Pero este logro habría de costarle duros esfuerzos, como era de suponer, tratándose de un artista que no venía propiamente del pueblo, y por su posición social y sus triunfos iníciales vino a ser el centro de no pocos halagos que lo empujaban a una vida fácil y deleitosa.
Tierras que me Oyeron y Poda testimonian el proceso de gradual transformación de su poesía. En manos de Andrés Eloy la paleta modernista pinta y ensaya otros colores que, por su viveza, su originalidad y su esplendor autóctono ya no repiten las tenues y vaporosas tonalidades que al principio pusieran de moda Rubén Darío y los otros iniciadores de la escuela modernista. Dejan ya de ser exquisitos cromos y acuarelas para convestirse en vastos lienzos donde la tierra venezolana brota en su bárbara magnificencia.
Ya en su primer libro Tierras que me oyeron, el cantor nos deslumbra con algunos trozos estupendos, bañados por el intenso colorido y la lumbre fulgurante de un suelo que más tarde habría de inspirarle algunas de sus más rotundas creaciones. Podíamos citar aquí variados fragmentos de su “Canto a la Espiga y al Arado”, pieza con la que obtuvo su primer galardón y casi todo “El Poema del Apure”, cuya penúltima estrofa, en su elocuente desborde, afirma y refleja sin la menor duda lo que mucho antes de alcanzar su madurez poética sentía ya Andrés Eloy por su tierra venezolana.
Esta tendencia se acentúa más en Poda, donde el poeta, hundido ya en su propio mundo terrenal nos entrega algunos cantos de la más innegable inspiración venezolanista. Bastaría citar “El Río de las Siete Estrellas”
Barco de Piedra y Baedeker 2.000 son los poemarios que marcan el divorcio y la ruptura integrales del poeta con el estilo y la factura típicamente modernistas. Por su temática, su intención, su lenguaje y su forma, dichos libros se diferencian totalmente de Tierras que me Oyeron y Poda. A la expresión ampulosa y aderezada de sus cantos de la primera época sucede ahora un tono reprimido, áspero, zigzagueaste, donde los versos brotan en imágenes cortadas y filosas a veces como aristas y agujas de piedra Llameante. Hay mucho en ellos de maroma verbal, con movimientos y ritmos qué a cada instante rompen toda armonía, fragmentándose en los más sorpresivos efectos. Aquí el poeta repudia y desecha el orden melodioso y la antigua ornamentación de sus pasadas composiciones, tan pulcramente cinceladas, y va derecho al motivo de sus poemas sin adornos de ninguna especie. Dentro de esa nueva configuración típica del ultraísmo y el vanguardismo, los cuales nos llegaron de Europa después de la primera guerra mundial, era imposible evitar los toques prosaicos y los lugares comunes, que a cada paso encontramos en Barco de Piedra y Baedeker 2.000, sembrados allí como pedruscos.
El hombre que escribió esos poemas no era si el forzador de las formas bellamente estilizadas de otra época, para quien la poesía lindo fruto preciosista, sólo aspiraba deslumbrar a los lectores por el solo artificio verbal y el vistoso despliegue de las figuras. Se explica bien ese cambio sorpresivo, ya que Andrés Eloy concibió la mayor parte de esas composiciones en La Rotunda y el Castillo de Puerto Cabello, dos lugares de infierno.
Leyendo hoy esos poemarios se nos revela de cuerpo entero la imagen inmensamente humana de Andrés Eloy, esa enorme pureza espiritual que lo exhibió siempre ante el mundo como un estupendo ser, “incontaminado de acritudes”, para decirlo con una frase de Darío. No obstante la espantosa situación que le impuso un infernal cautiverio el poeta supo mantener a toda hora su bondad y su serenidad, y cuidarlas y cultivarlas como aquella rosa blanca de José Martí, que él no hubiera vacilado en ofrecer a sus propios verdugos, si con ese gesto les hacía ver que al fin y al cabo ellos eran también unos hombres .
Las composiciones de Barco de Piedra y Baedeker 2.000, constituye, en gran parte poemas de transición hacia el logro de una tonalidad poética definitiva. Esos dos libros ásperos, descarnados, rebeldes y acusadores señalan en su obra el primer gran paso hacia el encuentro con una Venezuela real, desgarrante y mísera, de carne y hueso lacerados, cuya presencia dolorida permaneciera hasta entonces oculta ante el poeta de los sueños y las imágenes deslumbradoras. A partir de ahí Andrés Eloy empieza a ser el cantor de Venezuela y sus dolores y también de la esperanza y el radioso futuro que él ansiaba para su pueblo y que describía, desde el rincón de una fétida y obscura mazmorra, en visiones de una grandeza monumental.
En esas obras, que parecieran talladas a golpes de un rudo cincel sobre una piedra de luto y pena, Andrés Eloy se nos revela como el rapsoda del honor y la desgracia de Venezuela y también como el poeta de la renuncia. Y ello no en un sentido alegórico. En efecto, podría decirse aquí que su existencia estuvo marcada por un constante desprendimiento de muchas cosas que para él debieron ser muy queridas, pero a las cuales él renunció sin vacilar, a fin de darse por entero a su activa y espléndida causa. “Ciencia rebelde” Llamó el poeta a la ciencia de saber renunciar, en ese bellísimo poema “Los Navegantes” y que él dedicara a su hermano Luis Felipe, “muerto en mala hora”, como él mismo dijera en su precioso canto “A un Año de tu Luz”.
Si ya antes, en otro poema famoso, había renunciado a la radiosa mujer de la poesía y el amor, en Barco de Piedra y Baedeker 2.000, renunciaba a formas y estructuras poéticas que convenían más a su temperamento, su fecundo vuelo y sus inclinaciones estéticas. Años atrás lo vimos renunciar a una existencia de holganza y cómodo disfrute por la dura vida del agitador, el rebelde y el cautivo de las horrendas cárceles gomecistas. Más tarde, y en una época en que su magnífico talento y su sensibilidad alcanzaban la más alta madurez del artista, hizo una renuncia que para Andrés Eloy, poeta a flor de piel y por los cuatro costados, debió exigirle un no pequeño sacrificio: la de la poesía por la política. Y en todo ello no le movió más propósito y afán que el de servir de modo más fecundo y útil a Venezuela. A Venezuela y su Juan Bimba símbolo creado por él en un momento de perfecta intuición popular, Venezuela y su laguna mágica, Venezuela y su rancho de angustia, sus angelitos negros, su cayo sombrío, su mar, su montaña, su selva feroz, su llano y su potro de plata; Venezuela y su mujer de fuego; Venezuela de una punta a otra, hirsuta y retorcida como un cuero al sol; la Venezuela, en fin, de Andrés Eloy Blanco, la que él cantó con la sangre, la miel y la sal de su poesía, y la que él amó a toda hora, aunque ya en el crepúsculo de su canto, desde su exilio en México, y casi despidiéndose de la vida, la viese como el reflejo de la última renuncia que le impuso su duro destino.
Después de Barco de Piedra y Baedeker 2.000, vendrían los poemas de La Juanbimbada y Giraluna, donde se resume lo más humano, lo más fervoroso y lo más íntimo de su gracia y su finura de cantor. En todas estas obras Andrés Eloy nos va revelando, con sutil Y múltiple ingenio, las diversas facetas anímicas, sociales y telúricas de este anchuroso y ardido cuerpo que llamamos Venezuela. Esas facetas existieron antes, sin duda, mas él supo verlas y sacarlas a la luz en una nueva y sugestiva dimensión. Su poesía nos va diciendo que la patria, por encima de sus contornos épicos y su alegórica grandiosidad se compone, al final, de un vivo cúmulo de menudas y sencillas realidades, alegres y dolorosas, de matices lúgubres y radiantes; de la frescura del jazmín y el sudor de los hombres, del lucero y la llaga, y que sólo amándola y comprendiéndola en este doble signo de esplendor y penuria, de costra y celaje, podemos Ilegar al fondo de su verdadera y más palpitante realidad.
Sobre ésta realidad que vemos a diario como algo común y trivial creó Andrés Eloy un mundo de insólitos hallazgos poéticos. Y así su poesía se hizo canción perpetua y trémulo enjambre para soñar, querer y combatir, del alma de nuestro pueblo. Ya lo dijo muy bien otro gran poeta venezolano, Miguel Otero Silva, en el discurso que consagrara a la memoria de Andrés Eloy, con motivo de descubrirse el busto del gran bardo cumanés en su ciudad natal: “La cualidad esencial de su obra poética, la que la hace perdurar en las manos de todos, es que sabe integrar en un mismo cántaro la calidad y la sencillez, llegar con las mismas palabras a las élites intelectuales y a las masas, satisfacer al crítico y emocionar al ignorante, ceñirse a los rigores del más puro verso castellano y confundirse con el palabreo de los humildes”
Andrés Eloy Blanco se sintió desde joven atraído por el teatro , compuso piezas de circunstancias, dramas, comedias y gustó de escenificar poemas. Así fue como surgió su obra Teatro y El Árbol de la Noche Alegre. Desgraciadamente, gran parte de su producción se perdió y quedo inconclusa. Alí Lameda.
Vía | une.edu.ve

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